Saber idiomas

 

En Biblos Idiomas consideramos que el conocimiento de idiomas tiene unas características peculiares que lo apartan del conocimiento de otras materias. Tanto es así, que el retraso mental no impide a una persona adquirir uno o varios idiomas nativos sin problemas; además, muchos emigrantes aprenden el idioma por necesidad y uso diario, sin recibir nunca una clase formal. Por otra parte, aunque la adquisición de un segundo idioma es por lo tanto posible en condiciones muy difícil, parece evidente que el conocimiento adquirido fuera de la niñez tiene un componente de raciocinio y estudio que se puede explotar, utilizando el esfuerzo personal para acelerar el aprendizaje y mejorar el conocimiento.

Conceptos básicos

Entre otros, partimos de los siguientes conceptos básicos, que nos parecen evidentes e importantes a la hora de enfocar el aprendizaje:

Conocimiento activo vs. pasivo

El conocimiento pasivo se adquiere fácilmente con el estudio y esfuerzo personal como bien saben muchos autodidactas – aunque lógicamente, con ayuda profesional siempre es más sencillo. El conocimiento activo, por otra parte, necesita en todo caso de un ejercicio de expresión y corrección continuado, a largo plazo. Además, mientras que activamente parece que se pierde mucho con el desuso (en concreto en lo referente al aspecto formal, a la corrección del lenguaje), haber superado etapas de aprendizaje activo marca barreras de conocimiento pasivo que no se suelen perder. Como ejemplo, uno puede aprender alemán por su cuenta, y llegar a entender textos y noticias de radio, pero el desuso probablemente borrará gran parte de lo aprendido con los años; sin embargo, si ese mismo conocimiento es activo, si se ha hecho el esfuerzo de aprender y recuperar el vocabulario y las expresiones de esos textos y noticias, aunque con el desuso es probable que no se recuerden a la primera, pasivamente se entenderá durante mucho más tiempo.

Conocimiento dinámico vs. estático

El concepto de “saber” un idioma es erróneo – todos estamos continuamente aprendiendo, tanto nuestro idioma nativo como los demás. Por eso nos gusta hablar del conocimiento y el aprendizaje de idiomas en mayor o menor profundidad, con mayor o menor soltura, per no solemos decir que alguien “sabe” un idioma, o que un alumno llegará a “saber” un idioma, ya que nos parece un simplismo erróneo, un concepto propio de quien no entiende lo que significa aprender un idioma extranjero. Como ejemplo, baste citar a los españoles que emigraron a un país extranjero (incluidos los de habla hispana) y, tras años allí, se pierden el acento, vocabulario y las expresiones propias para adquirir las extrañas.

Aprender para aprender más

Queremos que nuestros alumnos aprendan para usar herramientas para renovarse continuamente: así como es absurdo pensar que a la universidad se va a aprender todo y de memoria, a las clases de idiomas no se va sólo a aprender algo, sino a aprender a adquirir los conocimientos o a recordarlos.

Aprender para recordar fácilmente en el futuro

Casi todo lo aprendido se olvida, pero lo que más se practica suele quedar. De la misma forma en que nuestra especialización laboral (aquello que hacemos cada día) suele recordarse de por vida, el idioma (o aspecto del idioma) que usemos continuamente es más difícil que se olvide tras periodos largos de inactividad.

Aprender para relacionar conceptos más fácilmente

El crecimiento del conocimiento de idiomas es exponencial – si bien al principio es una tarea pesada, que incluye dosis de memoria y de tolerancia a la frustración, con el tiempo nuestros conocimientos aportan un vocabulario que permite derivar el significado de nuevas palabras por su raíz, o un contexto que permite imaginar el significado o el sentido de una palabra completamente nueva.